sábado, 9 de mayo de 2020

Documentos en torno a la Conferencia de Munich

Documentos en torno a la Conferencia de Munich (1938) 

1. Comentarios de Chamberlain (primer ministro británico) antes de la Conferencia de Munich

Es horrible, increíble y fantástico que tengamos que cavar trincheras y preparar las cámaras antigás a causa de una disputa en un país lejano entre pueblos de los que no conocemos nada (...) No titubearía en hacer una tercera visita a Alemania si creyese que ello podía rendir algún bien Soy pacífico hasta lo más hondo de mi alma. Es una pesadilla para mí pensar en un conflicto armado entre las naciones; más si yo creyese que una nación había resuelto dominar el mundo por el terror y la fuerza, opinaría que había que resistir. Bajo tal dominio, la existencia no merecería la pena vivirla para gentes que creen en la libertad. Pero la guerra es terrible, y antes de entrar en ella necesitamos cerciorarnos de que lo hacemos porque se juega alguna cosa muy grande.
Neville Chamberlain, premier británico
Alocución radiada, 27 de septiembre de 1938

2. El Pacto de Munich
"Alemania, el Reino Unido de la Gran Bretaña, Francia e Italia han acordado, por lo que respecta la
cesión del territorio de los Sudetes: 
1. La evacuación deberá empezar el 1 de octubre.
2. El Reino Unido de la Gran Bretaña, Francia e Italia convienen en que la evacuación habrá de ser completada para el 10 de octubre, sin que se haya efectuado el desmantelamiento o destrucción de cualquier clase de instalaciones.
3. Los pormenores relativos a la evacuación serán fijados por una comisión internacional (…).
4. La ocupación escalonada comenzará en los días 1 y 2 de octubre
5. La comisión internacional a la que se hace referencia en el párrafo número 3 visitará los territorios en los cales se deberá efectuar un plebiscito. Dichos territorios serán ocupados por tropas neutrales hasta la terminación de dicho plebiscito (…).
6. La comisión internacional fijará inmediatamente la línea fronteriza entre los territorios anexionados y la potencia que toma posesión de ellos (…).
7. El Gobierno checo, en un plazo de cuatro semanas, licenciará de sus unidades militares y policíacas a todos los sudetes alemanes que deseen separarse de las mismas (…)."
Hitler, Chamberlain, Daladier y Mussolini
29 de Septiembre de 1938

3. El Pacto de Munich, dos visiones contrapuestas: Blum y Churchill

"En Francia no hay un hombre ni una mujer que niegue a N. Chamberlain y a E. Daladier su justo tributo de gratitud. La guerra ha sido descartada. El fantasma se aleja. Se puede recuperar el trabajo y recobrar el sueño. Se puede gozar de la belleza del sol de otoño."
Leon Blum: Le Populaire, 1 de octubre de 1938

"Estamos frente a una catástrofe de primera magnitud, que acaba de sorprender a Gran Bretaña y a Francia. No cerremos los ojos ante este espectáculo. Ahora debemos hacernos a la idea de que todos los países de Europa central y oriental se arreglarán con Alemania lo mejor que puedan. Se ha arruinado el sistema de alianzas de Europa central sobre el que Francia fundaba su seguridad."
Discurso de Churchill tras el acuerdo de Munich

La caída del liberalismo, según el historiador Eric Hobsbawm


La caída del liberalismo, según el historiador Eric Hobsbawm. 
(Extractos cap. 4 de Historia del siglo XX) 

De todos los acontecimientos de esta era de las catástrofes, el que mayormente impresionó a los supervivientes del siglo XIX fue el hundimiento de los valores e instituciones de la civilización liberal cuyo progreso se daba por sentado en aquel siglo, al menos en las zonas del mundo «avanzadas» y en las que estaban avanzando. Esos valores implicaban el rechazo de la dictadura y del gobierno autoritario, el respeto del sistema constitucional con gobiernos libremente elegidos y asambleas representativas que garantizaban el imperio de la ley, y un conjunto aceptado de derechos y libertades de los ciudadanos, como las libertades de expresión, de opinión y de reunión. Los valores que debían imperar en el estado y en la sociedad eran la razón, el debate público, la educación, la ciencia y el perfeccionamiento (aunque no necesariamente la perfectibilidad) de la condición humana.

Sin duda las instituciones de la democracia liberal habían progresado en la esfera política y parecía que el estallido de la barbarie en 1914-1918 había servido para acelerar ese progreso. Excepto en la Rusia soviética, todos los regímenes de la posguerra, viejos y nuevos, eran regímenes parlamentarios representativos, incluso el de Turquía. En 1920, la Europa situada al oeste de la frontera soviética estaba ocupada en su totalidad por ese tipo de estados. En efecto, el elemento básico del gobierno constitucional liberal, las elecciones para constituir asambleas representativas y/o nombrar presidentes, sé daba prácticamente en todos los estados independientes de la época.
(…)
A pesar de la existencia de numerosos regímenes electorales representativos, en los veinte años transcurridos desde la «marcha sobre Roma» de Mussolini hasta el apogeo de las potencias del Eje en la segunda guerra mundial se registró un retroceso, cada vez más acelerado, de las instituciones políticas liberales Mientras que en 1918-1920 fueron disueltas, o quedaron inoperantes, las asambleas legislativas de dos países europeos, ese número aumentó a seis en los años veinte y a nueve en los años treinta, y la ocupación alemana destruyó el poder constitucional en otros cinco países durante la segunda guerra mundial. En suma, los únicos países europeos cuyas instituciones políticas democráticas funcionaron sin solución de continuidad durante todo el período de entreguerras fueron Gran Bretaña, Finlandia (a duras penas), Irlanda, Suecia y Suiza.
(…)
Es insuficiente porque no todas las fuerzas que derrocaron regímenes liberales eran fascistas. Es adecuada porque el fascismo, primero en su forma italiana original y luego en la versión alemana del nacionalsocialismo, inspiró a otras fuerzas antiliberales, las apoyó y dio a la derecha internacional una confianza histórica. En los años treinta parecía la fuerza del futuro. Como ha afirmado un experto en la
materia, «no es fruto del azar que... los dictadores monárquicos, los burócratas y oficiales de Europa oriental y Franco (en España) imitaran al fascismo» (Linz, 1975,p. 206).
Las fuerzas que derribaron regímenes liberales democráticos eran de tres tipos, dejando a un lado el sistema tradicional del golpe militar empleado en Latinoamérica para instalar en el poder a dictadores o caudillos carentes de una ideología determinada. Todas eran contrarias a la revolución social y en la raíz de todas ellas se hallaba una reacción contra la subversión del viejo orden social operada en 1917-1920. Todas eran autoritarias y hostiles a las instituciones políticas liberales, aunque en ocasiones lo fueran más por razones pragmáticas que por principio. Los reaccionarios de viejo estilo prohibían en ocasiones algunos partidos, sobre todo el comunista, pero no todos. Tras el derrocamiento de la efímera república soviética húngara de 1919, el almirante Horthy, al frente del llamado reino de Hungría —que no tenía ni rey ni flota,
gobernó un estado autoritario que siguió siendo parlamentario, pero no democrático, al estilo oligárquico del siglo XVIII. Todas esas fuerzas tendían a favorecer al ejército y a la policía, o a otros cuerpos capaces de ejercer la coerción física, porque representaban la defensa más inmediata contra la subversión. En muchos lugares su apoyo fue fundamental para que la derecha ascendiera al poder. Por último, todas esas fuerzas tendían a ser nacionalistas, en parte por resentimiento contra algunos estados extranjeros, por las guerras perdidas o por no haber conseguido formar un vasto imperio, y en parte porque agitar una bandera nacional era una forma de adquirir legitimidad y popularidad. Había, sin embargo, diferencias entre ellas.
(…)
De no haber mediado el triunfo de Hitler en Alemania en los primeros meses de 1933, el fascismo no se habría convertido en un movimiento general. De hecho, salvo el italiano, todos los movimientos fascistas de cierta importancia se establecieron después de la subida de Hitler al poder
(…)
El sustrato común de esos movimientos era el resentimiento de los humildes en una sociedad que los aplastaba entre el gran capital, por un lado, y los movimientos obreros en ascenso, por el otro. O que, al menos, les privaba de la posición respetable que habían ocupado en el orden social y que creían merecer, o de la situación a que creían tener derecho en el seno de una sociedad dinámica. Esos sentimientos encontraron su expresión más característica en el antisemitismo, que en el último cuarto del siglo XIX comenzó a animar, en diversos países, movimientos políticos específicos basados en la hostilidad hacia los judíos. Los judíos estaban prácticamente en todas partes y podían simbolizar fácilmente lo más odioso de un mundo injusto, en buena medida por su aceptación de las ideas de la Ilustración y de la revolución francesa que los había emancipado y, con ello, los había hecho más visibles. Podían servir como símbolos del odiado capitalista/financiero; del agitador revolucionario; de la influencia destructiva de los «intelectuales desarraigados» y de los nuevos medios de comunicación de masas; de la competencia —que no podía ser sino «injusta»— que les otorgaba un número desproporcionado de puestos en determinadas profesiones que exigían un nivel de instrucción; y del extranjero y del intruso como tal. Eso sin mencionar la convicción generalizada de los cristianos más tradicionales de que habían matado a Jesucristo.
(…)
Sin ningún género de dudas el ascenso de la derecha radical después de la primera guerra mundial fue una respuesta al peligro, o más bien a la realidad, de la revolución social y del fortalecimiento de la clase obrera en general, y a la revolución de octubre y al leninismo en particular. Sin ellos no habría existido el fascismo, pues aunque había habido demagogos ultraderechistas políticamente activos y agresivos en diversos países europeos desde finales del siglo XIX, hasta 1914 habían estado siempre bajo control. Desde ese punto de vista, los apologetas del fascismo tienen razón, probablemente, cuando sostienen que Lenin engendró a
Mussolini y a Hitler. Sin embargo, no tienen legitimidad alguna para disculpar la barbarie fascista, como lo hicieron algunos historiadores alemanes en los años ochenta (Nolte, 1987), afirmando que se inspiraba en las barbaridades cometidas previamente por la revolución rusa y que las imitaba.
(…)
Es necesario, además, hacer dos importantes matizaciones a la tesis de que la reacción de la derecha fue en lo esencial una respuesta a la izquierda revolucionaria. En primer lugar, subestima el impacto que la primera guerra mundial tuvo sobre un importante segmento de las capas medias y medias bajas, los soldados o los jóvenes nacionalistas que, después de noviembre de 1918, comenzaron a sentirse defraudados por haber perdido su oportunidad de acceder al heroísmo. El llamado «soldado del frente» (Frontsoldat) ocuparía un destacado lugar en la mitología de los movimientos de la derecha radical —Hitler fue uno de ellos— y sería un elemento importante en los primeros grupos armados ultranacionalistas, como los oficiales que asesinaron a los líderes comunistas alemanes Karl Liebknecht y Rosa Luxemburg a principios de 1919, los squadristi italianos y el Freikorps alemán. El 57 por 100 de los fascistas italianos de primera hora eran veteranos de guerra. Como hemos visto, la primera guerra mundial fue una máquina que produjo la brutalización del mundo y esos hombres se ufanaban liberando su brutalidad latente.
El compromiso de la izquierda, incluidos los liberales, con los movimientos pacifistas y antimilitaristas, y la repulsión popular contra el exterminio en masa de la primera guerra mundial llevó a que muchos subestimaran la importancia de un grupo pequeño en términos relativos, pero numeroso en términos absolutos, una minoría para la cual la experiencia de la lucha, incluso en las condiciones de 1914-1918, era esencial e inspiradora; para quien el uniforme, la disciplina y el sacrificio —su propio sacrificio y el de los
demás—, así como las armas, la sangre y el poder, eran lo que daba sentido a su vida masculina. No escribieron muchos libros sobre la guerra aunque (especialmente en Alemania) alguno de ellos lo hizo. Esos Rambos de su tiempo eran reclutas naturales de la derecha radical.
La segunda matización es que la reacción derechista no fue una respuesta al bolchevismo como tal, sino a todos los movimientos, sobre todo los de la clase obrera organizada, que amenazaban el orden vigente de la sociedad, o a los que se podía responsabilizar de su desmoronamiento. Lenin era el símbolo de esa amenaza, más que su plasmación real. Para la mayor parte de los políticos, la verdadera amenaza no residía tanto en los partidos socialistas obreros, cuyos líderes eran moderados, sino en el fortalecimiento del poder, la confianza y el radicalismo de la clase obrera, que daba a los viejos partidos socialistas una nueva fuerza política y que, de hecho, los convirtió en el sostén indispensable de los estados liberales.

Las condiciones óptimas para el triunfo de esta ultraderecha extrema eran un estado caduco cuyos mecanismos de gobierno no funcionaran correctamente; una masa de ciudadanos desencantados y descontentos que no supieran en quién confiar; unos movimientos socialistas fuertes que amenazasen —o así lo pareciera— con la revolución social, pero que no estaban en situación de realizarla; y un resentimiento nacionalista contra los tratados de paz de 1918-1920. En esas condiciones, las viejas elites dirigentes, privadas de otros recursos, se sentían tentadas a recurrir a los radicales extremistas, como lo hicieron los liberales italianos con los fascistas de Mussolini en 1920-1922 y los conservadores alemanes con los nacionalsocialistas de Hitler en 1932-1933. Por la misma razón, esas fueron también las condiciones que convirtieron los movimientos de la derecha radical en poderosas fuerzas paramilitares organizadas y, a veces, uniformadas (los squadristi; las tropas de asalto) o, como en Alemania durante la Gran Depresión, en ejércitos electorales de masas. Sin embargo, el fascismo no «conquistó el poder» en ninguno de los dos estados fascistas, aunque en ambos recurrió frecuentemente a la retórica de «ocupar la calle» y «marchar sobre Roma». En los dos países, el fascismo accedió al poder con la connivencia del viejo régimen o (como en Italia) por iniciativa del mismo, esto es, por procedimientos «constitucionales».
La novedad del fascismo consistió en que, una vez en el poder, se negó a respetar las viejas normas del juego político y, cuando le fue posible, impuso una autoridad absoluta. La transferencia total del poder, o la eliminación de todos los adversarios, llevó mucho más tiempo en Italia (1922-1928) que en Alemania (1933-1934), pero una vez conseguida, no hubo ya límites políticos internos para lo que pasó a ser la dictadura ilimitada de un «líder» populista supremo (duce o Führer).
(…)
Probablemente, el fascismo no habría alcanzado un puesto relevante en la historia universal de no haberse producido la Gran Depresión. Italia no era por sí sola un punto de partida lo bastante sólido como para conmocionar al mundo. En los años veinte, ningún otro movimiento europeo de contrarrevolución derechista radical parecía tener un gran futuro, por la misma razón que había hecho fracasar los intentos de revolución social comunista: la oleada revolucionaria posterior a 1917 se había agotado y la economía parecía haber iniciado una fase de recuperación. En Alemania, los pilares de la sociedad imperial, los generales, funcionarios, etc., habían apoyado a los grupos para-militares de la derecha después de la revolución de noviembre, aunque (comprensiblemente) habían dedicado sus mayores esfuerzos a conseguir que la nueva república fuera conservadora y antirrevolucionaria y, sobre todo, un estado capaz de conservar una cierta capacidad de maniobra en el escenario internacional. Cuando se les forzó a elegir, como ocurrió con ocasión del putsch derechista de Kapp en 1920 y de la revuelta de Munich en 1923, en la que Adolf Hitler desempeñó por primera vez un papel destacado, apoyaron sin ninguna vacilación el statu quo. Tras la recuperación económica de 1924, el Partido Nacionalsocialista quedó reducido al 2, 5-3 por 100 de los votos, y en las elecciones de 1928 obtuvo poco más de la mitad de los votos que consiguió el pequeño y civilizado Partido Demócrata alemán, algo más de una quinta parte de los votos comunistas y mucho menos de una décima parte de los conseguidos por los socialdemócratas. Sin embargo, dos años más tarde consiguió el apoyo de más del 18 por 100 del electorado, convirtiéndose en el segundo partido alemán. Cuatro años después, en el verano de 1932, era con diferencia el primer partido, con más del 37 por 100 de los votos, aunque no conservó el mismo apoyo durante todo el tiempo que duraron las elecciones democráticas. Sin ningún género de dudas, fue la Gran Depresión la que transformó a Hitler de un fenómeno de la política marginal en el posible, y luego real, dominador de Alemania.
Hobsbawm, E. Historia del siglo XX. Buenos Aires, Argentina: Editorial Crítica, 1999.


Extractos del Tratado de Versalles (1919)

Extractos del Tratado de Versalles (1919)
Texto completo: https://www.dipublico.org/1729/tratado-de-paz-de-versalles-1919-en-espanol/
El Tratado de Versalles es un acuerdo firmado el 28 de junio de 1919 entre los países aliados y Alemania en el Salón de los Espejos del Palacio de Versalles, que puso fin oficialmente a la Primera Guerra Mundial (llamada en ese entonces la Gran Guerra). Entró en vigor el 10 de enero de 1920.

A continuación podrás leer algunos extractos de este Tratado. 
"ARTÍCULO 159.
Las fuerzas militares alemanas serán desmovilizadas y reducidas prescrita en lo sucesivo.
ARTÍCULO 160.
(1) Mediante una fecha que no podrá ser posterior al 31 de marzo de 1920, el Ejército alemán no debe abarcar más de siete divisiones de infantería y tres divisiones de caballería.
Después de esa fecha el número total de efectivos del Ejército de la Los Estados que constituyan Alemania no debe superar los cien mil hombres, entre oficiales y establecimientos de depósitos. El Ejército se destinará exclusivamente al mantenimiento del orden dentro de la territorio y el control de las fronteras.
La fuerza total efectiva de agentes, incluido el personal de personal, cualquiera que sea su composición, no debe exceder de cuatro mil.
(2) Las divisiones y personal de la sede del Cuerpo de Ejército se organizará de conformidad con Cuadro N º 1 adjunta a la presente sección.
El número y las fortalezas de las unidades de infantería, artillería, ingenieros, servicios técnicos y de las tropas establecidas en el antedicho Cuadro constituyen máximos que no deberán ser superados.
Las siguientes unidades se pueden cada uno tener su propio almacén:
Un regimiento de Infantería, un regimiento de caballería, un regimiento de Campo Artillería, un batallón de Pioneros.
(3) Las divisiones no deben ser agrupados en más de dos militares personal del Cuerpo de la sede.
El mantenimiento o la formación de las fuerzas agrupadas de manera diferente o de otras organizaciones para el comando de las tropas o para la preparación para la guerra está prohibido.
El Gran Estado Mayor alemán y todas las organizaciones similares se ser disuelto y no puede ser reconstituida en cualquier forma."
(...) 
"ARTÍCULO 231.
Los gobiernos aliados y asociados afirmar y acepta Alemania la responsabilidad de Alemania y sus aliados por haber causado todos los daños y perjuicios a los que las potencias aliadas y asociadas a los gobiernos y sus nacionales han sido sometidos como consecuencia de la guerra que les impone la agresión de Alemania y sus aliados.
ARTICULO 232.
Los Gobiernos Aliados y Asociados reconocen que los recursos de Alemania no son suficientes, teniendo en cuenta permanente disminuciones de tales recursos que se deriven de otros disposiciones del presente Tratado, para hacer la reparación completa de dichas pérdidas y daños.
Los gobiernos aliados y asociados, sin embargo, requieren, y Alemania se compromete, que va a hacer una compensación por todos los daños hecho a la población civil de las Potencias Aliadas y Asociadas así como de su propiedad durante el período de la beligerancia de cada como Potencia Aliada o Asociada contra Alemania por agresión por tierra, por mar y desde el aire, y en general todos los daños se define en el presente Anexo l.
De acuerdo con las promesas de Alemania, ya dado, como para completar restauración de Bélgica, Alemania se compromete, además de la reparación de los daños en otras partes de esta parte previsto, como consecuencia de la violación del Tratado de 1839, para hacer reembolso de todas las sumas que Bélgica ha tomado de la Aliadas y Asociadas gobiernos hasta al 11 de noviembre de 1918, junto con interés a razón de cinco por ciento (5%) anual sobre dichas sumas. Esta cantidad será determinada por la Reparación Comisión, y con eso se compromete el Gobierno alemán inmediatamente a hacer una edición especial de bonos al portador a un equivalente cantidad a pagar en oro las marcas, el 1 de mayo de 1926, o, a elección de el Gobierno alemán, el 1 de mayo de cualquier año hasta 1926. Sin perjuicio de lo anterior, la forma de dichos bonos se determinado por la Comisión de Reparaciones. Dichos bonos se entregarán más a la Comisión de Reparaciones, que tiene autoridad para emprender y acusar recibo del mismo en nombre de Bélgica."
(...)
"ARTÍCULO 235.
A fin de que las Potencias Aliadas y Asociadas para proceder a una vez a la restauración de su vida industrial y económica, en espera de la plena determinación de sus créditos, Alemania deberá pagar en las cuotas, y en la forma (ya sea en oro, materias primas, los barcos, los valores o de otro tipo) como la reparación Comisión podrá fijar, durante 1919, 1920 y los primeros cuatro meses de 1921, el equivalente a 20 mil millones de marcos oro. De esta suma los gastos de los ejércitos de ocupación después de la Armisticio del 11 de noviembre de 1918, primero se reunió, y tal los suministros de alimentos y materias primas que puedan ser juzgados por la Gobiernos de las Principales Potencias Aliadas y Asociadas ser esencial para permitir a Alemania a cumplir con sus obligaciones de reparación También podrá, con la aprobación de dichos Gobiernos, serán reembolsados de la suma anterior. El saldo se calcula a liquidación de los importes necesarios para la reparación. Alemania bonos más fuerte según lo estipulado en el párrafo 12 (c) del anexo II del presente Reglamento."
(...)
"ARTÍCULO 256.
Poderes a los que se cede territorio alemán adquirirá todos los propiedades y posesiones situado en él que pertenece a la alemana Imperio o de los Estados alemanes, y el valor de estas adquisiciones serán fijados por la Comisión de Reparaciones, y pagados por el Estado la adquisición del territorio a la Comisión de Reparaciones para el crédito del Gobierno alemán a causa de las cantidades adeudadas a la reparación.
A los efectos del presente artículo, la propiedad y las posesiones de el Imperio Alemán y los Estados se considerará que incluyen todos los propiedad de la Corona, el Imperio o los Estados, y el sector privado propiedad del ex emperador alemán y otros personajes reales.
En vista de las condiciones en que Alsacia-Lorena fue cedida a Alemania en 1871, Francia estará exento a este respecto de hacer cualquier pago o de crédito en virtud del presente artículo por los bienes o posesiones del Imperio Alemán o Estados situado en él.
Bélgica también estarán exentos de realizar cualquier pago o crédito de cualquier en virtud del presente artículo por los bienes o posesiones de los alemanes Imperio o Estados situados en el territorio alemán cedió a Bélgica en virtud del presente Tratado."
(...)
"ARTÍCULO 428.
Como garantía para la ejecución del presente Tratado. Alemania, el territorio alemán situado al oeste del Rin, junto con las cabezas de puente, será ocupada por los aliados y Asociados tropas por un período de quince años a partir de la entrada en vigor del presente Tratado."



lunes, 16 de marzo de 2020